Cuando se pone un pie adentro se tiene la sensación de entrar en alguna otra dimensión: al recibimiento de los viejos árboles -que amenazan con desvanecerse– y el ruido de sus ramas chocando unas con otras, le siguen los pájaros azules que persiguen al viento. Monte Vacúl es un lugar furtivo en la llanura pampeana. Testigo de aventuras y quimeras, algunos de sus árboles fueron plantados por mi tatara-tatara-abuelo y la labor se fue pasando de generación en generación, hasta llegar a mi abuelo Bernardo.
El nombre fue dado mucho tiempo después por mis primos mayores, quienes presumían ser devotos de Vacúl, un dios inventado. Pasaban horas fabulando todo tipo de historias de rituales y de apariciones, para luego divulgarlas entre nosotros, los más chicos que nos creíamos todo. Y fue así que apuntalados con sus alocadas ideas, crecimos con la convicción de que en Monte Vacúl se alojaba la magia.
El nombre fue dado mucho tiempo después por mis primos mayores, quienes presumían ser devotos de Vacúl, un dios inventado. Pasaban horas fabulando todo tipo de historias de rituales y de apariciones, para luego divulgarlas entre nosotros, los más chicos que nos creíamos todo. Y fue así que apuntalados con sus alocadas ideas, crecimos con la convicción de que en Monte Vacúl se alojaba la magia.
Una siesta calurosa de enero, sumidos en la extravagancia, salimos al descubrimiento; en aquella misión antropológica, dimos con la huesamenta de una pobre vaca - que debió morir de brucelosis-. Ni lentos ni perezosos, quienes se animaron a manipular los huesos, como cual origami, formaron una especie de efigie pagana, y en un ritual improvisado rezamos extrañas plegarias para venerar al dios de las reses.
Es así que Monte Vacúl imprimió en nuestro imaginario familiar un halo de misterio y de aventura. Si bien, desde el transcurso de mi infancia hasta hoy, los cuentos pasaron a la historia, la majestuosidad sigue intacta. Siempre que voy tomo una foto mental con la intención de archivarla en mis recuerdos; no hay vez en la que no desee que la vida suceda en cámara lenta y así, poder contemplar con detalle a estos dioses que, vestidos de verde, velan por nosotros desde hace ya un tatara-tatara-tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario