jueves, 6 de diciembre de 2007

laborius y mi destino

Conseguí laburo - gracias a un contacto, claro; el 99,6% de los trabajos se consiguen de ese modo. Me dije a mí misma: "en diciembre empiezo a trabajar... y así fue", ahora me creo un poco "clarividenta".
Hoy fue mi segunda metida de pata en mi tercer día de trabajo; reté sin escrúpulos a un niño con síndrome "down", la madre me fulminó con la mirada pero bueno cosas que pasan.
El trabajo es interesante, estoy durante algunas horas sumergidas en ordenes, facturas, obras sociales y prácticas médicas con nombres extraordinarios. Los diagnósticos son de lo más variados: desde problemas de conducta, convulsiones, insomnio, parkinson, pánico, estress hasta deficiencia mental.
Lo que más me gusta: el puente que conecta la oficina con el baño y también, las baldosas transparentes. Lo que menos me gusta: el lunfardo médico que incluye eco-doppler transcraneal.
Cuando cobre pienso comprarme cartas de Tarot ... ya que nadie me las regaló para mi cumpleaños.



Laborius y el destino (*)

El día que repartieron los destinos Laborius, que todavía no se llamaba así, llegó tarde.
El quería ser otra cosa. Cuando le dijeron que era el dios del trabajo casi renuncia y si no lo hizo fue porque desconocía cómo.
Hubiera preferido manejar el tiempo, la distancia, la alquimia. Pero el trabajo!, que poco interesante. Tan repetitivo, tan falto de emoción y de originalidad.
“Todos piden lo mismo” se quejaba al principio. Efectivamente, todos querían trabajo, y Laborius, en su naturaleza de dios insatisfecho con su vocación, no podía entenderlo.
El hubiera preferido no trabajar. De hecho no se esfuerza mucho y esa es su especie de venganza. Los otros dioses lo saben pero no se meten, el estatuto contempla la autonomía y no soportarían otra huelga, todavía quedan restos de la anterior.
Todos pensaron que con el tiempo se le iba a pasar, que cambiaría su actitud desentendida y finalmente comenzaría a ayudar a la gente, que a esa altura ya no pedía, sino gritaba.
Pero el cambio fue a medias. Laborius se arremangó y se puso manos a la obra. Pero solo para aquellos que le caían bien, lo que trajo preocupación porque ya era conocida su fama de elitista.
Desde ese día, ni las estadísticas pueden desentenderse, y cada noche llegan a sus casas miles de ilusiones rotas con un clasificado arrugado en sus manos.
Personas ni suficientemente bellas, ni altas, ni flacas, ni sanas, ni nada.
Y así por el resto de los días.
Por supuesto, la mayoría de la gente no cree en dioses, y culpa por esta situación a la cultura, a los prejuicios, a la injusticia, las cartas favoritas de Laborius, cuando se sienta a jugar en ese rincón, donde no llegan las súplicas.


(*) Texto de Salomé Esper publicado sin su consentimiento =D


No hay comentarios: